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Morgause D'aubigne Humano

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mayo 16, 2018
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mayo 14, 2017 - 1:01 am
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[SIZE=5]Lambert[/SIZE]

Nombre y apellidos[INDENT] Morgause D'aubigne [/INDENT]Raza[INDENT] Humano [/INDENT]Nivel de Rol[INDENT] - [/INDENT]Promoción a la que aspiras[INDENT] Promoción inicial [/INDENT]Clase[INDENT] Guerrero [/INDENT]Género[INDENT] Femenino [/INDENT]Edad[INDENT] 17 años [/INDENT]Clan, tribu o cártel[INDENT] Ninguno [/INDENT]Metas[INDENT] Descubrir el destino que sufrió su hermana pequeña como meta personal, y convertirse en un referente en la caza de monstruos y pesadillas como fin algo más ambicioso. [/INDENT]Clases de Prestigio que aspiras[INDENT] Cazador de monstruos [/INDENT]Altura y peso del personaje[INDENT] 1,76 metros y 70 kilos [/INDENT]Apariencia física[INDENT] Morgause es una mujer de estatura media y porte atlético. Unos hombros fuertes dejan paso a un busto firme, un vientre estrecho y liso, y unas caderas anchas que denotan su madurez física. Unas largas piernas, casi siempre estilizadas por botas de tiro alto, y unos brazos de musculatura ligeramente definida terminan el conjunto, enmarcado enteramente por una piel en tono marfil, casi sin imperfecciones. Su rostro, alargado y fino, enmarca unos rasgos endurecidos pero de belleza armónica. Sus ojos de color gris azulado, levemente rasgados y siempre enmarcados por un contorno negruzco, unas largas pestañas y unas cejas finas y bien marcadas, le otorgan un aura de frialdad e indiferencia que, pese a no ser del todo real, le gusta mantener. Una nariz recta y unos labios finos y, por norma general, torcidos, le otorgan más años de los que tiene en realidad. Suele cubrir sus cicatrices bajo la ropa. Únicamente se distingue una marcada línea plateada que desciende por el lado derecho de su cuello. [/INDENT]Personalidad[INDENT] Pese a que a primera vista pueda verse como una mujer cortante y poco dada al trato amistoso, lo cierto es que dista mucho de lo que es en realidad. Si bien es algo reticente a iniciar conversaciones no le cuesta participar en ellas, siempre y cuando tenga algo que aportar. Disfruta de la compañía aunque sin duda ha aprendido a valorar sus momentos de soledad. Reservada a la hora de hablar de si misma o de asuntos personales, prefiere las conversaciones triviales o, en su defecto, actuar de oyente. Amable y de naturaleza generosa, cree en el perdón y en las segundas oportunidades. Pese a las desgracias que ha tenido que experimentar y siendo consciente de que estas se salen de la norma común, odia verse a si misma como una figura doliente o una mártir. Considera que quien se revuelca en su propio dolor acaba ahogándose en él. Amante en secreto de la literatura, no es raro descubrirla visitando librerías o tenderetes de libros usados. Posee un humor satírico, fino y discreto, lo que hace que sus bromas, acompañadas de un perpétuo tono de voz sereno, puedan confundirse con afirmaciones verdaderas. [/INDENT]Facción

  • Alianza

Academia o Maestro[INDENT] Ninguna [/INDENT]Organizaciones[INDENT] Ninguna [/INDENT]Orientación Sexual

  • Heterosexual

Creencias e Ideales[INDENT] La Luz, aunque no siga demasiado sus dogmas ni se considere practicante. No obstante toda criatura necesita rezar o maldecir algo en situaciones límite. [/INDENT]Conocimientos[INDENT] Solo habla la lengua común. Tiene conocimientos básicos de supervivencia, primeros auxilios, mantenimiento de armas y armaduras y desuello de piezas de caza de pequeño o mediano tamaño. Poco sabe de historia, aunque gracias a su madre aprendió a leer y escribir. [/INDENT]Clase Social

  • Clase baja

Familiares y conocidos[INDENT] Demeria D'aubigne (Madre – fallecida) Arthur D'aubigne (Padre – fallecido) Calanthe D'aubigne (Hermana menor – desaparecida) Robert Scott Matters (Tutor – vivo) Medianoche (Montura - viva) [/INDENT]Lugar de Nacimiento y Residencia[INDENT] Nacida en Vega del Este (Elwynn) y reside en Villadorada. [/INDENT]Trabajo y Herencias[INDENT] Su ocupación actual es la caza de criaturas que supongan un riesgo para los humanos y el trabajo como ayudante en la herrería. [/INDENT]Historia del personaje[INDENT] Si tuviese que señalar el momento en el que todo empezó, sin duda sería aquella soporífera tarde de solsticio.

Llevaba un buen rato en el porche, tumbada boca abajo sobre la madera, recolectando las flores silvestres que quedaban a la altura de mis manos, y formando con ellas un colorido ramillete de margaritas, correhuelas y dientes de león. Esperaba, como cada tarde, el regreso de mi madre al hogar. Siempre trabajaba hasta tarde en las cocinas de un noble adinerado que vivía a un par de kilómetros, pero cumplía su promesa de llegar antes del anochecer.

Había perdido la noción del tiempo y el frío del anochecer me devolvió a la realidad. No había regresado. Me levanté para sacudirme el vestido y, antes de que pudiera entrar en casa, me llegó el murmullo de unas voces que se acercaban por el camino. Me puse de puntillas para cruzar los brazos sobre la barandilla y echarme sobre esta, haciendo que mis pies no tocaran el suelo. Aquellas voces no tardaron en tomar forma. Se trataba de una comitiva de vecinos hablando con desconcierto entre ellos, y guiando a un guardia hasta nuestra puerta. Al verme allí, me enviaron a buscar a mi padre, que debía estar terminando la cena.

Sinceramente no me enteré de los detalles hasta algunos días después, pues no pude escuchar nada de la conversación que tuvo lugar entre mi padre y aquel guardia. Todo lo que dijo al volver a entrar completamente pálido fue que nos fuéramos a dormir, que el tenía que atender una urgencia.

A partir de aquí todo fue más rápido y más confuso. Nadie nos contaba nada a mi hermana o a mi.

Supimos que mi madre había sido encarcelada, y que no pasaron ni dos días en juzgarla y condenarla a muerte. Recuerdo algunas imágenes hoy en día. A mi madre despidiéndose de mi hermana y de mi, a nuestros vecinos de toda la vida evitando nuestra presencia a la vez que nos señalaban desde lejos, a mi padre completamente ausente, el fuego, los gritos, el olor... ese olor... ¿Y después? Nada. Los días que siguieron a aquello están en blanco.

Rara vez veía a mi padre. Volvía tarde y completamente borracho. Parecía haberse olvidado de nosotras, apenas nos miraba. Para poder comer empecé a robarle dinero de los bolsillos. Tuve que vender los vestidos de mi madre, incluso algunas sartenes y herramientas. Pasábamos hambre, pero conseguía sacar adelante a mi hermana.

Sin embargo la situación no se alargó mucho. La noche en la que se cumplía un año desde la muerte de mi madre volví a casa y encontré a mi padre ahorcado en la viga central de la planta baja. Mi hermana estaba allí, en silencio, contemplando aquella escena. No se si fue por el desprecio y el desapego que aquel hombre llegó a mostrarnos en vida, pero cuando le miré no sentí nada. Llevé a mi hermana a la planta de arriba y llamé al alguacil.

Ahora si. Nos habíamos quedado completamente solas.

Me las arreglé, no se cómo, para conseguir una ocupación para mi hermana y para mi. Ayudábamos a las lavanderas en el río por tres o cuatro monedas. Apenas si podíamos permitirnos un mendrugo de pan racionado y algo de queso, pero no podíamos hacer más, en aquel entonces yo tenía solo once años.

Podría deciros que al final todo salió bien, que mi hermana y yo crecimos y encontramos un oficio digno, que reunimos el dinero para arreglar la casa y darle una dote digna a mi hermana. Podría alentaros con la falsa esperanza de que la vida nos compensó tales desgracias y nos dio la premisa de un futuro brillante y lleno de nuevas promesas... pero esta no es ese tipo de historia.

Si, sobrevivimos, pero como simples mendigas y pordioseras. Pasaron un par de años en los que cada día era todo un reto y de los cuales no veíamos el final. Mi hermana lo era todo para mi, y verla en aquella situación me dolía más que nada, aunque ella aliviaba mis pesares siempre con una sonrisa tan dulce que casi hacía que se me saltasen las lágrimas.

Gracias a las conversaciones de las lavanderas en el río nos enterábamos de las noticias que llegaban desde otros rincones del mundo, y también de los más jugosos cotilleos locales. La variedad era admirable. Fue así como nos enteramos de que los vecinos del aserradero habían formado un pequeño grupo de vigilancia debido a la amenaza de los lobos, que ya habían dejado tras de si dos muertos, de que la hija del granjero se escapaba de noche para verse con Pitt el porquero, y de que iban a subir los precios de la sal, otra vez.

El destino tiene un sentido del humor amargo. Quiso la suerte que coincidieran la fecha del cumpleaños de mi hermana con la muerte de otro pobre desgraciado a manos de los lobos. Quiso la suerte de nuevo que, tras meses y meses de ahorros, pudiera regalarle a mi amada Calanthe un vestido de lino nuevo. Y quiso la suerte también que nuestros vecinos sumasen dos más dos y les diese como resultado brujería.

Como los lobos seguían matando y la hija de la horrible bruja Demeria tenía un vestido nuevo no hubo más que decir. Automáticamente mi hermana y yo nos convertimos en el centro de todas las miradas. Daba igual lo que hiciéramos, hasta sacar agua del pozo era motivo de desconfianza. Quise decirme a mi misma que se les pasaría, que lo olvidarían en cuanto hubiese otro rumor más fresco, pero cuando apareció la cuarta víctima de los lobos supe que aquello no haría más que empeorar. Y Luz... cuánta razón llevaba.

Cuando escuché el golpe de la puerta al abrirse y cómo varias personas irrumpían en la casa a oscuras, solo tuve tiempo de levantarme de mi improvisado camastro de paja y mantas y agarrar lo que quedaba del mango de la pala de mi padre. Apenas pude ver nada. Noté cómo me agarraban y me tapaban la boca y pataleé, escuché el breve grito pronto silenciado de mi hermana cuando la despertaron. Nos arrastraron fuera de nuestra ruinosa casa, y allí esperaban otros.

Tenía miedo, casi había entrado en pánico.

¿Quiénes eran? ¿Qué querían?

No esperé a saberlo. Desesperada mordí la mano de mi captor y cuando me soltó eché a correr como si mi vida dependiera de ello (y creo que lo hacía) hacia el bosque. Escuché gritos de advertencia, me persiguieron, pero era de noche y no habían traído antorchas. Corrí hasta que todo se quedó en silencio, hasta que el aliento me faltó y las piernas me fallaron. Y allí, en medio de ninguna parte, me desmayé.

Esa noche soñé con mi madre y el fuego, soñé con mi padre riéndose como un demente en mitad de una borrachera, soñé con Calanthe, presa de unas sombras que la herían y escuché su llanto y mi condena salir de sus labios...

- Me abandonaste...

Cuando me desperté el sol me hirió los ojos. Me movía, notaba el vaivén de mi cuerpo sobre aquella destartalada carreta y el golpeteo armónico de los cascos de un caballo sobre el suelo de tierra. Me incorporé aquejada de dolores por la tensión y el ejercicio de la noche anterior y me giré para ver al conductor. Me topé con una espalda ancha y una cabellera canosa. Estaba segura de no haber hecho ruido pero aquel hombre notó que me había despertado.

Empezaba a pensar que te habías quedado en el sitio, mocosa -dijo con una voz grave y ronca.

No contesté en seguida, quizá porque estaba desorientada, porque no acababa de entender cómo había acabado allí ni quién era ese hombre, y también porque me costaba recordar los detalles de la noche anterior.

- ¿A dónde vamos...? -conseguí decir, y noté la sequedad de mi garganta.
- Yo de vuelta a mi casa. Tú puedes ir donde más te parezca.

Volví a quedarme en silencio, escrutando los objetos a mi alrededor. Piezas de metal oxidadas, pesados martillos, espadas romas y estiletes sin filo... La voz de aquel hombre volvió a sacarme de mi ensimismamiento.

- ¿Y bien? ¿Dónde tengo que dejarte, niña? ¿Dónde queda tu casa?

Esta vez abrí la boca para responder pero me obligué a callar. No quería volver a mi casa. Debía, si. Calanthe se había quedado atrás. Pero qué puedo decir... yo era una mocosa flacucha y estaba asustada.

- Entiendo... -prosiguió él al interpretar mi silencio sin necesidad de mirarme- Menuda me ha caído encima. Eres todo piel y huesos. Con esos brazos no vas a poder ni manejar el fuelle. Al menos sabrás cocinar, ¿no? Una sopa decente la puede hacer hasta mi perro.
- S-Si... señor. Algo se...
- Bien, bien... Con eso nos apañaremos.

No conversamos más ese día, ni siquiera cuando llegamos a nuestro destino en Villadorada. El viejo Matters no me preguntó detalle alguno sobre quién era o de dónde venía. Jamás lo ha hecho. Y aún hoy en día mantengo la duda de si es porque ya lo conoce o porque no le interesa.

El caso es que, como si se tratase de una de esas segundas oportunidades que te da la vida, Matters me acogió en su casa. El anciano herrero (pese a que él se considerase a sí mismo aún un joven deseable) había enviudado hacía diez años y no había tenido descendencia con su esposa, por lo que vivía solo en una casucha junto a su negocio de la herrería en compañía de su perro Scraps.

Al principio me ocupaba de las tareas de la casa, de cocinar y limpiar para él, y de hacer recados en la villa, pero, poco a poco, fue integrándome en el oficio y dándome pequeñas tareas en la herrería. Mi propia mente quería con tanta fuerza deshacerse de la vida que había llevando antes que, con el tiempo, todo pareció lejano y ajeno. Evitaba pensar en ello, me mantenía ocupada, y así, sin querer, aprendí a ignorar mi pasado, incluyendo a Calanthe.

Pasaron los años y mi cuerpo había madurado a base de esfuerzo y trabajo duro. Me había convertido en una mujer adulta. Sabía cómo empuñar una espada y cómo cuidarla, había aprendido fintas y pasos de combate, incluso en una ocasión logré desarmar a Matters, aunque después me patease el trasero al celebrarlo. Ya no era aquella mocosa asustadiza, era fuerte y más segura. Pero esta nueva visión de mi misma trajo consigo otra cosa: los remordimientos.

Abandoné a mi hermana a su suerte. Es un hecho. Si, soy consciente de mi cobardía, y podría dar mil argumentos que la respaldarían pero eso no cambia lo que hice.
Pasé meses meditabunda, pensando en qué hacer para reparar lo que había hecho, en cómo había llegado a pasar. No me sorprendió que Matters lo notara y que, una vez más, me regalase un buen consejo enmascarado de desinterés.

- ¿Cuánto tiempo más piensas seguir viviendo a mi costa, niña? Yo aún no tenía pelos en los huevos cuando estaba buscando mi sitio en este condenado mundo.
- ¿Me estas echando? -pregunté con un tono divertido- Si me voy, ¿quién va a evitar que lleves la misma ropa apestosa día tras día?
- Llegará el día en el que te arree de verdad con un martillo en las costillas... -gruñó, y esperó unos minutos antes de continuar- Hay una batida mañana en el lago. Cuatro soplagaitas van a ir a espantar a una jauría de perros que ponen histéricas a sus señoras -me miró- Ya te podías apuntar y mover el culo para variar.

Quise soltarle alguna ocurrencia pero la voz de un cliente le salvó por los pelos. Pensé en lo que me había dicho, aunque no demasiado. Era una tarea sencilla y útil, ayudaría a la comunidad, y además era un acto valiente, al menos eso me dije, a pesar de que se tratase de apalear a unos pobres chuchos.

Debo decir que esa primera misión fue bastante cómica, pero le sucedieron muchas otras que fueron suponiendo retos mayores. Llegué incluso a tomar partido en el rastreo y la cacería de un oso en la frontera con Bosque del Ocaso.

Supongo que encontré mi vocación, pero notaba que quería hacer más. Era fuerte, si, y había aprendido a sobrevivir en los bosques, a enfrentarme al tiempo, a la necesidad y a las bestias. Pero el mundo estaba plagado de cosas muchos peores que osos enfurecidos y lobos hambrientos, y era plenamente consciente de que no era rival para ellos.

- ¿Cuánto te largas?
- ¿Perdón? -pregunté sin saber a qué se refería el herrero.
- Que te vayas a buscar a alguien que te enseñe, ya sabes, a pelear. Pero digo pelear como un hombre, no como una chiquilla.
- Ya, ¿y cómo se supone que hago eso? -dije, pasando por alto su provocación.
- Desde luego aquí encerrada en la villa no lo vas a conseguir. Pregunta, viaja... Sabes cuidarte solita, maldita sea. Si sigues aquí es porque eres una holgazana y una caradura.

Lo se, no va a recibir el premio al hombre más educado y agradable del año, pero se le coge cariño. Incluso compró una yegua con la excusa de que la necesitábamos en la herrería, aunque sabía perfectamente que la había comprado para mi.

Era joven y con ansias de aprender. Villadorada se me había quedado pequeña y había un mundo entero esperándome. En realidad, una parte de mi deseaba quedarse y mantener aquella vida sencilla y tranquila, pero tenía un crimen que compensar, y todo deber conlleva un precio.

No sería fácil, y yo lo sabía, pero debía convertirme en una versión aún mejor de mi misma y para ello necesitaría un maestro.

Mi nombre es Morgause D'aubigne, y aquí empieza mi leyenda. [/INDENT]

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