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Maxruth de Andorhal No-muerto

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agosto 20, 2018
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julio 10, 2017 - 3:11 pm
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[SIZE=5]LeoCluz[/SIZE]

Nombre y apellidos[INDENT] Maxruth de Andorhal [/INDENT]Raza[INDENT] No-muerto [/INDENT]Nivel de Rol[INDENT] 4 [/INDENT]Promoción a la que aspiras[INDENT] Promoción foco poco poblado [/INDENT]Clase[INDENT] Cazador [/INDENT]Género[INDENT] Masculino [/INDENT]Edad[INDENT] 38 [/INDENT]Clan, tribu o cártel[INDENT] – [/INDENT]Metas[INDENT] Quiere convertir en renegados a sus dos hijos. También quiere convertirse en un alto mando de los Mortacechadores y vengarse de un par de personas. [/INDENT]Clases de Prestigio que aspiras[INDENT] Subversivo [/INDENT]Altura y peso del personaje[INDENT] 1’71 M [/INDENT]Apariencia física[INDENT] Tiene el pelo castaño oscurecido por la podredumbre y la suciedad, la piel está dañada pero no mucho. En cuanto a su cuerpo presenta las cicatrices que propiciaron su muerte, una en el pecho y otra en el estomago. [/INDENT]Personalidad[INDENT] Tiene fuertes cambios de humor y acostumbra a ser muy charlatán. Ama el humor duro y brutal, le hace especial gracia las bromas que terminan con muertos. [/INDENT]Facción

  • Horda

Academia o Maestro[INDENT] Mortacechadores [/INDENT]Organizaciones[INDENT] Mortacechadores [/INDENT]Orientación Sexual

  • Asexual

Creencias e Ideales[INDENT] Cree en Sylvanas como su libertadora. Pero también cree aunque no procesa demasiado culto en la sombra. [/INDENT]Conocimientos[INDENT] Sabe hablar común y los dos dialectos de viscerálico. [/INDENT]Clase Social

  • Clase baja

Familiares y conocidos[INDENT] Eyck de Andorhal su primer hijo, Aleksandr su segundo hijo y su esposa Yekaterina. [/INDENT]Lugar de Nacimiento y Residencia[INDENT] Entrañas. [/INDENT]Trabajo y Herencias[INDENT] Trabaja para Silvanas y los renegados en los Mortacechadores. [/INDENT]Historia del personaje[INDENT] Corría el año 3 antes de la abertura del Portal Oscuro, en un campesino poblado del este del gran Andorhal. En el seno de una familia de poca monta nacía yo bajo el nombre de Maxruth. Mi padre, un ganadero, llevaba toda su vida residiendo en el mismo poblado. El venía de un linaje que como él, habitaron esas tierras por siglos y como tal se enorgullecía y entrañaba su lugar natal. Teníamos unas posesiones más bien escasas, una o dos vacas dependiendo de la época, unos campos de cultivo más bien pequeños, todos dedicados a la producción de grano. En cuanto cumplí los dos años se me empezó a considerar apto ya para cuidar de las vacas. Era una vida dura, yo ni me lo planteaba, cruzaba los prados en verano con la compañía única de mis dos bovinas amigas, volvía, los pies dolían y mis zapatos, cada día más desgastados amenazaban con romperse. Cuando era invierno en cambio comían de los prados más cercanos, la crecida del río separaba el pueblo en dos y así de ese modo las relaciones de los pueblerinos se bifurcaban. Era una época baja, quizás la peor del año, nuestra parte continuaba comerciando con Andorhal, la otra mitad, desgraciada se veía obligada a esperar al próximo verano.

Afortunadamente el río con su ida dejaba unas buenas tierras para ser cultivadas, eso sí, solo hasta la próxima crecida. Las tierras del río le pertenecían al cacique del lugar, un señor alto, gordo y bigotudo, de pelo canoso. Su nombre era Lord Ronnald, un noble de pacotilla, pero un verdadero superior para nosotros. Nadie se atrevería jamás a contradecirlo desde luego.
Cuando cumplí mi tercer año en el sur, muy lejos ciertamente, se hablaba de la aparición de unos seres de piel verde, poco interesante para mí, al que no le servía para nada más que para ser amenazado si no conciliaba el sueño. Mi vida continuaba igual aún con el desastre seguro en el sur. Por las mañanas, madrugando me despertaba, tomaba a las vacas y las llevaba a pastar. A cada una le tenía un nombre, ya olvidado, eran mi compañía.
Pasaban las noches y días, mi vida lineal continuaba su natural curso como un río que se conduce a su desembocadura. Un día en las planicies aparecieron los lobos, yo lloraba, ¿quién podría salvarme? o aún peor, ¿quién podría salvar a las vacas? Por suerte no parecían demasiado hambrientos, mis lloros no contribuían desde luego a hacer que se fueran. Tras unas vueltas desaparecieron. Y volvían a pasar los días de una manera similar como un ciclo y mi regocijo era tal que seguía como siempre.
Caía Ventormenta, yo era mucho más alto. Ahora también me competía la ayuda en el huerto, un niño viene con el pan debajo del brazo. Aprendí muchas cosas sobre el respeto en esos años tras constantes palizas por culpa de mi estupidez.
En el sur la Horda avanzaba y los Reinos casi en situación de caos continuaban las negociaciones, en el pueblo no se sentía, la venta de grano era un poco menor y el Ronnald siempre andaba con mala cara, pero poco más. Seguía con un real miedo a que algún día llegasen al pueblo, pero eso nunca ocurrió. Yo tenía un amor, su nombre era Penelope, el amor de mi infancia podríamos decir, ella hija de otro campesino, la iba a ver siempre que llevaba las vacas, siempre que tenía que recoger agua, siempre que me ponían algún recado como responsabilidad, ella murió de tifus.
En las colinas los dientes de león seguían liberando sus semillas libremente, en invierno el río volvía a correr. Todo seguía igual, a quien le importaba. La primera primavera llovió mucho, la segunda fue más calurosa. Los orcos fueron derrotados en la Montaña Roca Negra y enviados a campos de prisioneros. Un día me tocaba ir a vender el grano a la ciudad, fue la primera vez que vería un orco en mi vida, un carro llevaba a un prisionero que no hacía más que gritar en su difícil idioma y golpeaba los barrotes con sus manos que, yo esperaba, se rompiesen en algún momento.
Yo analfabeto, quise aprender esos conocimientos del habla, mis padres tampoco tenían idea, cuando cumplí los once exigí que se me enviase con mi tío, el si sabía leer, era cazador en el norte de Andorhal. Hubo varias negativas, pero tuvieron que aceptar ante mi insistencia.
Allí no solo aprendí a cazar y leer, aprendí sobre otras vidas, aprendí sobre la fauna, sobre el bosque, aprendí de otro entorno, pero estaba solo, solo yo y mi tío.

Con dieciséis años y la mayoría de edad volví a mi pueblo natal hecho un hombre, el dinero ahorrado durante estos años se lo di a mis padres. Viví unos días emotivos y me reencontré con viejos amigos. En cuanto pude me marché para Andorhal, no podía permitirme seguir viviendo en aquel aburrido agujero.

Mi viaje a Andorhal se vio truncado, acabé vagando, cazando furtivamente y muy lejos de mi lugar natal.

Llegue a un pueblo perdido de la mano de dios, Entremontañas se llamaba. Allí conocí al que sería el amor de mi vida, Yekaterina, una refugiada alteraquí que llego huyendo de la vida de desorden en su reino natal. Nos casamos al año de conocernos tan solo, tuvimos nuestros primogénito. Al año de eso escaparon los orcos, volví a temer por mi vida y ahora también por la de mi hijo y mi esposa. Alguien tenía que mantener a la familia, con lo poco que tenía compré unas tierras de cultivo y comencé a producir grano, como en un origen.

Pasaban los años y tuve a mi segundo hijo. Entonces fue cuando apareció la plaga y las cosas se pusieron realmente feas. Los cultivos de grano eran obligados a ser quemados bajo orden del rey, si algún día venían por aquí lo perdería todo, pero una aldea perdida del monte no podría verse afectada supuse. Supuse mal, un día cuando volvía con mis hijos de entrenarles en las labores agrícolas vi como su madre palidecía y entraba en un profundo sueño, ese sueño la convertiría en un maldito sirviente comedor de carne y pronto al pueblo también, no obstante, ni yo ni mis hijos podíamos estar contaminados pues habíamos estado de transhumancia, tomé la única decisión posible, prendí fuego a mi casa, a mis campos y en consecuencia al pueblo. Solo quedaron las cenizas de mi mujer.
Lloré noches y días. Necesitaba redención, cogí a mis hijos y las cenizas de su madre, deseaba esparcirlas en su lugar natal. Así que emprendimos un viaje a Alterac en parte huyendo de la plaga también. Cuando llegamos, nos asentamos en una montaña y enterré las cenizas de mi amada Yekaterina. Mi época había pasado, ahora era el momento de que mis hijos hiciesen lo propio y buscasen un cauce para su propia vida.

O eso creía pero por aquella época comenzó a operar la hermandad y ya no era seguro ni siquiera permanecer en la montaña. Comenzamos a vivir asaltando los pocos hogares restantes y mis hijos aprendieron de mi mala vida. Me armé con un rifle robado en un antiguo aposento de los guardias de Alterac que con la caída del reino se habían retirado. Me dedique a ser el bandolero de los caminos. Pasaba el tiempo y finalmente harto de como la vida se reía de mi decidí intentar reirme yo de ella, quise volver a mi tierra natal y ver como estaba la situación, fue mala idea llevarme a mis hijos. No solo no pude llegar allí, si no que antes de eso tuvimos que detenernos en un asentamiento humano en el que parecían no saber quien era. Allí empezamos a escuchar todas las nuevas del mundo que no habíamos visto en Alterac, sabíamos de muchas realmente, otras francamente nos sorprendían, vivimos allí tres años y finalmente reemprendimos un viaje.

Pero en nuestro viaje, fuimos atacados por renegados que exploraban los caminos a los que nos dirigíamos, pude salvar a mis hijos, les imploré que corriesen. Pero a cambio morí yo.
Podría parecer el triste final de una historia pero desgraciadamente no lo fue, fui levantado, y no era eso lo que me dolía, en parte mi nueva forma me complacía y me agradaba. Ahora deseaba que mis hijos hubiesen muerto conmigo y contemplasen este mundo. Pero ya no sabría nunca más donde están. Mis nuevas tareas eran más importantes. Serví como Mortacechador dados mis conocimientos en sigilo y asalto rápido. Serví fielmente durante estos últimos siete años cogiendo la experiencia bélica que no tuve en vida. Finalmente creo que va siendo hora de traer a mis hijos conmigo tras demostrar a los míos que soy leal. Cuantos más seamos antes podremos brindar la victoria a nuestra reina. [/INDENT]

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