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Darthael Mantoniebla Elfo Nocturno

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junio 28, 2017 - 7:02 pm
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[SIZE=5]Dathariar[/SIZE]

Nombre y apellidos[INDENT] Darthael Mantoniebla [/INDENT]Raza[INDENT] Elfo Nocturno [/INDENT]Nivel de Rol[INDENT] 2 [/INDENT]Promoción a la que aspiras[INDENT] Promoción inicial [/INDENT]Clase[INDENT] Picaro [/INDENT]Género[INDENT] Masculino [/INDENT]Edad[INDENT] 208 años [/INDENT]Clan, tribu o cártel[INDENT] – [/INDENT]Metas[INDENT] Obtener pistas sobre el paradero o sino de su hermana desaparecida [/INDENT]Clases de Prestigio que aspiras[INDENT] Subversivo [/INDENT]Altura y peso del personaje[INDENT] 2,18 metros de altura, 114 kilos de peso [/INDENT]Apariencia física[INDENT] Un kaldorei de tez violácea, y melena enmarañada de color celeste. Su cuerpo, aunque algo delgado, está bien formado [/INDENT]Personalidad[INDENT] De naturaleza taciturna con los desconocidos, desarrolla fuertes lazos de amistad con aquellos que bajo su criterio son de fiar, confianza que no reparte gratuitamente. [/INDENT]Facción

  • Alianza

Academia o Maestro[INDENT] – [/INDENT]Organizaciones[INDENT] – [/INDENT]Orientación Sexual

  • Demisexual

Creencias e Ideales[INDENT] Elune y los Ancestros [/INDENT]Conocimientos[INDENT] Es un buen rastreador, especialmente en los bosques, terreno donde se ha criado. [/INDENT]Clase Social

  • Clase media

Familiares y conocidos[INDENT] Telerion (padre, muerto), Fanah (madre, viva), Ishenia (hermana, desaparecida) [/INDENT]Lugar de Nacimiento y Residencia[INDENT] Auberdine, Costa Oscura [/INDENT]Trabajo y Herencias[INDENT] Forrajeador [/INDENT]Historia del personaje[INDENT] Costaoscura, donde el clima es frío y tormentoso la mayor parte del tiempo y el viento juega
con las olas. Como era habitual buena parte del año, la niebla y la lluvia gobernaban por
encima de cualquier otro fenómeno atmosférico esta tranquila noche en la que cualquier
sonido era prácticamente apagado por el incesante chocar del oleaje contra las rocas. Todo los
factores eran propicios y nos valdríamos de ellos una vez más para que nuestra presencia
pasara desapercibida, aunque sabíamos el riesgo que corríamos.

Aún a día de hoy todavía dolía contemplar en lo que se había convertido la ciudad costera de
Auberdine, la ciudad que me había visto nacer y crecer, ahora pasto de las ruinas. Los
elementales, potentes y volátiles espíritus de energía elemental, habían reivindicado la zona
para sí y cualquier paso en falso resultaría en un inevitable enfrentamiento que queríamos
evitar a cualquier precio.

Yo avanzaba a la cabeza, varios metros por delante de mi acompañante, abriendo el camino,
asegurándome de que estaba despejado; no obstante, mis ojos estaban mejor adaptados al
manto de la noche. Finalmente hice una señal al enano para indicarle que no había peligro, al
menos por ahora, en el lugar donde los escombros de varias viviendas cubrían el suelo
desperdigados caóticamente.

– Aquí ya probamos la semana pasada – gruñó como era habitual en él.

– Hay que insistir – respondí sin dejarle posibilidad alguna de réplica.

Dirigiéndome una mirada disconforme dejó con desgana su morral en el suelo para, a
continuación, comenzar a sacar sus útiles de trabajo. Ambos sabíamos que no sería la última
vez que se quejara aquella noche.

Conocía a Grungni hacía una década, desde aquel ocaso en que sus bronceadas barbas
aparecieron llenas de polvo y barro cargando con casi el doble de su peso en herramientas.

Debido al emplazamiento de Auberdine y sus conexiones marítimas con el resto de reinos, no
era un suceso anómalo que acogiera seres de varias razas una vez hubo acabado lo que los
humanos habían denominado Tercera Guerra. La curiosidad del enano por la cultura y las
ruinas antiguas de mi pueblo era insaciable, rozando en ocasiones a resultar molesto. Sin
embargo había demostrado que su interés era sano y sus habilidades muy provechosas.

– Estas escapadas se están tornando cada vez más peligrosas, amigo, ¿no sería mejor que te
olvidaras de una vez por todas?

– Hay cosas que no deben olvidarse – le dije con los ojos puestos en el oscuro mar de poniente.

*****************************************************************************

Loreth’Aran fue antaño una gran ciudad Kaldorei, brillante como pocas, en la que los elfos que
una vez la habitaron fueron bendecidos por el Vuelo Verde y su reina Ysera, la Soñadora, que
les concedió el privilegio de viajar en las espaldas de su prole. Eran los llamados Jinetes de
Dragones de Loreth’Aran, una noble orden cuyo nombre a día de hoy nadie recuerda.

Durante siglos, elfos y dragones compartieron morada, alimento y vida en próspera armonía y,
cuando la paz amenazaba su seguridad, volaban en la batalla sobre los poderosos dragones
verdes. Sin embargo, durante la Guerra de los Ancestros, la benevolencia de Ysera y los Jinetes de Dragones atrajeron la ira de Neltharion, el Aspecto de la Tierra, que traicionó a sus parientes verdes enviando sobre la ciudad a sus huestes. Atacaron cuando la ciudad dormía pillando desprevenidos a sus defensores. La sorpresa produjo numerosas bajas, pero los Jinetes de Dragón se alzaron y plantaron cara a la amenaza del Vuelo Negro. La batalla se libró en un vórtice de llamas, destrucción y muerte, y aunque muchos dragones negros murieron aquel día, hasta el último de los Jinetes de Dragón fue asesinado y con él, la orden desapareció.

Milenos han pasado desde entonces, pero la Isla Cicatriz de Vermis sigue hoy siendo el hogar de huesos, ruinas y los espíritus sin descanso de los dragones verdes asesinados. Eso es todo cuanto queda de la otrora poderosa civilización, donde residen mis raíces. Muchos de mis parientes, los progenitores de mi familia, se sacrificaron aquel día para salvar a su pueblo y que otros pudieran sobrevivir. Me gustaría decir que su legado perdura todavía en mí, pero el paso del tiempo ha borrado prácticamente cualquier rastro.

*****************************************************************************

Grungni llevaba un ritmo de trabajo casi envidiable. Su pala trazaba movimientos meticulosos, con una mezcla de fuerza y tacto, excavando la parcela que previamente se había afanado en delimitar con cuerdas y postes. Era la tercera ocasión que investigábamos esa zona, y al menos la undécima que había arrastrado al enano a realizar tareas en las ruinas de Auberdine. Sabía por eliminación que el lugar debía ser el correcto, o al menos muy próximo al objetivo.

Mientras tanto yo no paraba de vigilar discretamente los alrededores, sin alejarme demasiado como para perder el contacto visual con mi compañero. Era una forma de asegurarme también de que el ruido producido por las herramientas del enano no llegara nunca a límites que pudieran alertar a posibles enemigos.

El repiqueteo cesó de repente y una cabeza barbuda se alzó de entre el desnivel del suelo haciéndome gestos para que me acercara: había encontrado algo.

Para cuando llegué, Grungni ya había salido de la zanja por su propio pie yse encontraba cuidadosamente limpiando con una brocha un terrón compacto de tierra y barro por el que, al incidir bajo los rayos de la luz de Elune, asomaban destellos de plata.

Poco a poco, a golpe de pincel, la tierra se fue desgranando dejando a ver un medallón de hilos de plata que se trenzaban y retorcían para formar la silueta de un árbol sin hojas y cuyas ramas parecían envolver una gema del color del mar. Mi compañero lo observó unos instantes alzándolo sobre sus ojos antes de extenderlo hacia mí.

– Y aquí lo tenemos… – soltó triunfante – ¿estás seguro de que es este?

– No me cabe duda. Es su medallón – lo rodeé con ambas palmas de las manos mientras me concentraba en las radiaciones que emitía – Aún puedo notar su esencia. Amigo… – abrí los ojos y le sonreí cálidamente – Creo que sigue viva.

*****************************************************************************

Tras la caída de Loreth’Aran y el posterior Gran Cataclismo junto a sus enormes consecuencias,
la familia Mantoniebla había trasladado su residencia a Auberdine, donde dos generaciones
Kaldorei más habían logrado criarse felizmente pese a las adversidades. Yo y mi hermana
Ishenia crecimos bajo el amparo y culto de la Diosa y las enseñanzas de los Ancestros. Era una
tierra salvaje, aunque hermosa y mágica a su manera, pero donde conseguimos volver a vivir
en armonía con la naturaleza. Buena culpa de ello la tenían nuestros padres, Telerion y Fanah,
que esforzaron en proporcionarnos siempre la sabiduría y el cariño necesarios para hacer de
nosotros seres dignos y orgullosos de nuestra raza.

El bosque, la costa y las montañas servían como sustento a la comunidad, y una vez hubimos
dejado atrás los juegos infantiles, nos incorporamos a ella como miembros productivos que
dedicaban su vida al servicio y la protección de esta.

El entrenamiento físico corría a manos de Min’da, centinela veterana de grandes reflejos
seguramente sin los cuales no hubiera estado entre nosotros. An’da por el contrario era el que
se encargaba más de la parte espiritual y de mostrarnos a desenvolvernos bien en la
naturaleza. A pesar de ser la hija menor, Ishenia era una alumna aventajada, teniendo que
suplir yo sus capacidades innatas por mayor cantidad de esfuerzo y dedicación. Sólo había un
terreno en el que mi hermana nunca lograba alcanzarme: los bosques.

La floresta era mi territorio, mi guarida, mi hábitat natural. En ocasiones podía adentrarme
entre los árboles durante varias semanas perdiendo completamente la noción del tiempo
antes de regresar a casa, siendo reprendido primeramente hasta que terminaron por
acostumbrarse. Fue en los bosques, en pleno contacto y comunión con la naturaleza donde
aprendí la importancia del Equilibrio y lo frágil que podía llegar a ser si no se conservaba.

Tierra, árboles, plantas, bestias y seres eran parte importante e irremplazable de un todo que
nos envolvía fibra a fibra a todos y cada uno; era algo cuya preservación era vital para el futuro
de los pueblos.

Fue en una de esas escapadas cuando noté al bosque quejarse avecinando algo que tan
siquiera nadie habría podido adivinar, algo que no había contemplado el mundo en eras. Corrí
de vuelta al hogar, más de lo que recuerdo haber corrido nunca, mientras contemplaba el cielo
tornarse rojo en la distancia, al norte de mi posición. Vi a las bestias y a las alimañas correr
también, pero justo en la dirección contraria a la que me dirigía; las aves sobre mi cabeza
también volaban hacia el sur, en línea recta, sin desviarse. El suelo temblaba, se agrietaba; las
aguas de los ríos salían de su cauce sin control ninguno, buscando el océano; las montañas se
derrumbaban levantando nubes de polvo en la distancia; y entonces, un rugido ensordecedor
engulló cualquier otro sonido.

Llegué justo a tiempo de ver el causante de todo aquello. Neltharion, el legendario Aspecto de
la Tierra, de alguna forma había despertado y se acercaba volando a ras de las aguas dejando
tras de sí las llamas de su inagotable ira alimentada por milenios de obligado retiro. Las voces
de alarma de las centinelas eran arrastradas por el viento y toda Auberdine estaba ya tratando
de ser desalojada inútilmente, pues el ataque del líder del Vuelo Negro había sido tan fugaz
como letal. No se detuvo, no fue necesario: la estela de fuego y destrucción que dejó a su paso
fue suficiente para dejar Auberdine convertido en ruinas carbonizadas. Sus habitantes no
corrieron mejor suerte y sólo una parte logró escapar con vida de allí aquel día.

Me presenté junto a otros muchos voluntarios para reunir los cadáveres y darles sepultura en
los túmulos. No hubo ninguna familia que no hubiera tenido que lamentar la pérdida de algún
ser querido. En mi caso, podría decirse que yo perdí a todos; a An’da lo encontraron calcinado
junto al puerto, casi irreconocible si no llega a ser por la espada que abrazaba en el momento
de su muerte, único objeto de valor que guardo de él; Min’da perdió la cabeza a raíz del suceso
y apenas consigue recordar su propio nombre; en cuanto a Ishenia, nunca encontramos su
cuerpo y después de nueve años aún no he parado de buscarla.

*****************************************************************************

El chillido agudo de una lechuza me sacó bruscamente de mis pensamientos y me trajo de
nuevo al presente. Miré hacia arriba y allí estaba Dure’falore, que en la lengua de mi pueblo
viene a significar hermana del cielo, volando en círculos muy cerrados sobre mi cabeza. Había
encontrado a la lechuza cerca del Páramo de los Ancestros haría un par de años. Estaba herida
y desnutrida de modo que hice cuanto pude por darle los cuidados necesarios para salvarle la
vida que se le escapaba poco a poco. Aunque la dejé libre tras su recuperación, todavía en
ocasiones podía verla acompañándome en la distancia. Volvió a chillar nuevamente: algo
sucedía.

Sin apenas tiempo para reaccionar, y antes siquiera de poder empuñar la espada, me vi
forzado a dar un paso lateral para evitar el primer golpe del elemental de aire que se había
acercado desde nuestras espaldas. Grungni tardó unos segundos más pero también logró
prepararse para el combate sacando a relucir su arcabuz y apretando el gatillo antes de que
me diera tiempo a frenarle. La explosión de la pólvora resonó como un trueno en la noche,
seguramente alertando a cualquier otro ser que estuviera a menos de cien metros de
nosotros. Por desgracia para nosotros, los elementales se encontrarían bastante más cerca.

– Buen trabajo, genio – le reproché a la par que soltaba un tajo vertical sobre el enemigo –
Huyamos a los bosques antes de que vengan más.

– ¡Ja! ¡Betty puede con todos ellos! – rió el enano haciendo referencia a su fusil.

No todos saben que no se puede matar a un elemental, tan sólo devolverlo a su plano de
existencia y, cuando esto se logra, lo único que queda de su paso por Azeroth son los brazales
que les atan a él.

– No merece la pena, ya tenemos lo que buscábamos – tracé un amplio arco con el mandoble
para poner distancia entre el elemental y nosotros – ¡Corre!

– No me gusta correr – gruñó resignado Grungni, aunque finalmente venció su sentido común y
obedeció.

A salvo ya en Lor’danel, el asentamiento que los refugiados de Auberdine habían levantado
tras su destrucción, invité al enano a comer y beber; con los años había descubierto que era la
mejor forma de tenerle contento y era bien cierto que hoy se lo había ganado. Compartí mesa
con él aunque apenas probé bocado de mi ración de frutas y sólo acompañé la comida con
agua mientras Grungni devoraba con ganas la carne estofada y la cerveza: tuve que frenarle
tras su tercera jarra. Esperé pacientemente a que terminara contemplando el medallón.

– ¿Qué harás ahora? – dijo con ambas manos sobre su prominente barriga – Supongo que irás a
verla. Deberías ir a verla.

– Sí; con el primer barco de la mañana.

– ¿Y crees que funcionará? – ahogó un eructo con su puño.

– Recemos por ello – apreté el medallón entre mi mano derecha antes de guardarlo en mi
zurrón. Levantándome de la mesa, me despedí – Buenas noches, amigo. Y gracias.

– Siempre es un placer; ¡hasta la próxima!

*****************************************************************************

El Templo de la Luna, situado en la parte oriental de Darnassus, era el centro de toda la vida
espiritual Kaldorei. Se decía que la propia Elune residía allí en espíritu. La estatua de Haidene,
primera Gran Sacerdotisa de la Luna, me recibió con el sonido calmante de sus místicas aguas
mientras buscaba con la mirada a Naida.

Desde que Neltharion arrasara Auberdine, las Hermanas de la Luna se habían hecho
amablemente cargo de Fanah, mi madre, pero seguía sin mostrar signos de mejoría. Naida,
una joven sacerdotisa de larga melenas esmeraldas y dulce sonrisa, era quien más tiempo
pasaba junto a ella y a día de hoy era prácticamente el único rostro que podía reconocer; era
duro para un hijo no ser recordado por su madre, pero me consolaba saber que estaba en
buenas manos. Encontré a ambas no muy lejos de la fuente central.

– Ishnu-alah – saludé nada más acercarme – Traigo ofrendas para la Diosa.

– Elune-Adore – correspondió Naida al verme – Siempre eres bienvenido bajo este techo.

– ¿Fandu-dath-belore? – dijo la quebrada voz de Min’da.

– Soy yo, Fanah; soy Darthael – me había acostumbrado a llamarla directamente por su
nombre, era lo menos doloroso para los dos – También traje un regalo para ti.

Saqué el medallón, que casi parecía brillar con más fuerza bajo la grandeza del templo, y lo
deposité cuidadosamente sobre sus manos.

– ¿Qué es? – preguntó tan curiosa como emocionada Naida- ¿Lo encontraste al fin? ¿El
medallón de Ishenia?

Sonreí como respuesta; la sacerdotisa había sido una fiel confidente, una de las pocas con las
que contaba, y conocía la trágica historia de mi familia. Ambos esperamos la reacción de
Min’da.

Por su mejilla derecha escapó una cristalina lágrima y aunque su cara aún conservaba la
belleza de la juventud, sus cabellos habían palidecido.

– Mi dulce, dulce Ishenia… – alcanzó a decir entre sollozos – te echo de menos, pequeña hija
mía.

Con una mezcla de tristeza y alegría, pasé un dedo para secar su rostro – Todos la echamos en
falta, pero volverá. La voy a encontrar.

Min’da se recompuso lo justo para devolverme la sonrisa, una sonrisa sincera y aliviada de
quien por escasos segundos parece recobrar la esperanza. Naida también se veía llena de gozo.

– ¿Piensas quedarte unos días? – quiso saber.

– Un par al menos, tal vez tres; aquí no encontraré las respuestas que busco. No pienso
rendirme hasta que no la encuentre.

– Rezaré a la Diosa porque así sea, pero prométeme que tendrás cuidado.

– Lo haré. Ande’thoras-ethil – me despedí volviendo a cargar con mi zurrón.

Había un detalle que sí que había ocultado a Naida acerca de la historia de mi familia: se
cuenta que sobre ella pesa algún tipo de maldición por la que todos los varones terminan
muriendo de forma trágica, y bien puede ser cierto pues hasta ahora se ha cumplido sin
salvedad. Soy el único que queda por lo que tan sólo me quedan dos caminos: Romper con la
maldición o morir por ella. [/INDENT]

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